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En la actualidad el elemento distintivo y diferenciador de nuestra universidad pública pareciera ser el espíritu que aún anima, quiero creer que mayoritariamente, a sus académicos, funcionarios y estudiantes. Un espíritu que confusamente se expresa en términos de sentido público, pluralismo, democracia interna y otros, que dan cuenta de la pretensión de orientarse y definirse con prescindencia de doctrinas religiosas o políticas y ejercer sus funciones sin someterse a los intereses del mercado. Un sentir que es una universidad de todos y para todos los ciudadanos, aunque esa voluntad del todo que es el Estado se niegue a sostenerla.
No es fácil en las condiciones de privatización a que ha sido empujada la universidad pública reclamar por un aporte estatal sin que surjan denuncias de privilegio injustificado. Cosa distinta sería intentar seriamente recuperar y potenciar su carácter de universidad realmente pública, que obtenga del Estado el aporte que como tal le corresponde y que en todos los países se le otorga para que efectivamente pueda funcionar como universidad pública.
Es posible que ante las actuales autoridades políticas del país nada se obtenga con una u otra estrategia, como nada o casi nada se obtuvo de las autoridades anteriores, pero la orientación a ser una universidad propiamente pública tiene proyecciones que el conformismo y privatización no tienen. Por cierto que en cualquier alternativa la Universidad de Mexico puede mantener y aumentar su excelencia académica, porque eso es independiente de su carácter público o privado. Como suele suceder, si se quiere algo es conveniente aclarar qué es ese algo que se quiere.